Por Benjamín Díaz Salazar

A lo largo de los años, el ser humano se ha encargado de aprovechar desmedidamente los recursos naturales. Hasta hace algunas décadas, iniciativas privadas y organizaciones civiles levantaron la voz por las graves consecuencias que los daños ambientales ocasionaron en la población.

Bastó pues el desastre de Hiroshima o el colapso de Chernóbil para darnos cuenta que el planeta pedía a gritos un respiro. A partir de entonces, algunas potencias mundiales han hecho un llamado para organizarse y frenar el deterioro ambiental. En un primer momento la educación ecológica buscó llevar el mensaje del problema a la sociedad, haciendo recapacitar sobre los daños que se ocasionaban y algunas medidas para modificar los hábitos.

Los resultados de aquella educación ambiental fueron limitados, provocando que el deterioro del medio continuara hasta niveles casi catastróficos. Es imposible ahora disfrutar una estación del año en plenitud. Lluvias en verano, calor en invierno, huracanes en primavera y demás contrariedades ocasionadas por el deterioro ambiental. Cifras intolerables del IMECA nos asolan día a día en la Ciudad de México.

Jardineros mexicanos haciendo sus cosas

Trabajadores de la CDMX. Foto de David F. Uriegas

Con relativa proximidad, las instancias gubernamentales han demostrado una legítima preocupación por la situación ambiental y todas las consecuencias que ha desencadenado en la población. Enfermedades, catástrofes naturales y otras tantas alteraciones han puesto a los gobiernos estatales y federales a dialogar sobre alternativas de solución rápida a los conflictos. Y es ahí donde radica el principal problema: la inmediatez.

La sustentabilidad se popularizó en el léxico político como un sinónimo de bienestar para la población y el ambiente, sin embargo, pocas veces ha estado acompañado de un proyecto a largo alcance y sobre todo, limitado en la construcción desde la perspectiva de la sociedad y de los especialistas.

Es por eso que resulta indispensable que nos sentemos a dialogar con nuestra comunidad. Es necesario que construyamos estrategias que nos permitan convivir de manera más  amigable con nuestro entorno, con vistas a la mejora del ambiente para nuestras próximas generaciones. Asimismo, es crucial que comencemos a educar en el cambio, que fomentemos desde pequeños una conciencia civil, en donde comprendamos que lo que unos hacemos, a todos nos afectan.

Propongo pues evaluar y diagnosticar las iniciativas de gobierno aplicadas en la demarcación de Iztapalapa en materia de sustentabilidad ambiental. Lo anterior con el propósito de esclarecer tres cosas: (i) el uso de fondos públicos y su adecuado uso en favor de la comunidad, (ii) el adecuado enfoque ambiental que se aplican en las iniciativas delegacionales y (iii) permitir en la población de la demarcación una concientización en materia ecológica.

Se eligió a la demarcación de Iztapalapa por dos razones importantes, más allá de ser aquella en donde vivo: es la delegación con el mayor número de habitantes en la Ciudad de México y por lo tanto, mantiene un alto índice de problemáticas de urbanidad y ocupación de espacios. Y la segunda, el gran desabasto de agua que ha presentado desde hace ya algunos años y su implicación en la forma de vida de los habitantes.

Es pues un proyecto para evaluar las políticas de gobierno en materia ambiental, pero también un ejercicio que permita concientizar sobre los problemas venideros si no existe una respuesta rápida al problema del ambiente.

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